Mientras editaba el programa, sucedió lo que ninguna hubiéramos deseado: la muerte de Maricarmen, que, además, para pena de esta pobre mujer, fue en el hospital y no en su casa. A muchos les molesta que se diga que era su casa, y tienen razón: no era su casa, era su hogar. No hace falta que las escrituras llevasen su nombre para que la atmósfera que se respiraba entre esas cuatro paredes tuviera la esencia de 70 años de una vida. Porque los lugares que habitamos se impregnan de nuestra esencia y se convierten en espacios seguros, se convierten en nuestros refugios.
Porque una casa es algo más que los muros que la sostienen; no es un espacio meramente físico, es una extensión de nosotros mismos. Es el lugar donde, desde pequeños y a lo largo de nuestra vida, desarrollamos nuestro sentido de pertenencia.
A las personas que vivimos de alquiler se nos priva de poder sentir todas estas sensaciones y vivencias en torno al símbolo que representa la casa. Solo les pertenece a quienes son propietarios, su dinero otorga ese privilegio; un dinero que, en la mayoría de los casos, va al banco, que es el verdadero propietario mientras se paga una hipoteca. Nosotras, las inquilinas, pagamos sin derechos. Sin derecho a pedir, sin derecho a habitar, sin derecho a quejarnos por el continuo reproche de usar lo que no es nuestro, sin derecho a llorar por la sensación de inconsistencia.
Yo he sido inquilina desde que nací. La casa en la que vivía con mis padres era de renta antigua, y la sentí como mía durante todo el tiempo que viví allí. Si el mercado del alquiler por aquel entonces hubiera sido mucho más salvaje, como lo es ahora, quizás mi infancia hubiera estado llena de mudanzas e incertidumbre.
Hasta siempre, Maricarmen. Que la tierra te sea leve.